Huyendo de la guerra

Oleksandr, de 37 años, y Verónica, de 28, vivían en el sur de Ucrania, cerca de la Península de Crimea, junto a sus dos hijos: una niña de 6 años y un niño de año y medio.

«La situación es muy inestable en nuestro país. Desde que estamos en guerra con Rusia te pueden llamar a filas en cualquier momento. Teníamos miedo. Son muchos los jóvenes que vuelven mutilados o que no vuelven. No vemos qué sentido tiene luchar contra nuestros hermanos. Son cosas de los políticos, pero la gente del pueblo no entiende por qué mueren tantos jóvenes. Cerca de nuestra casa había una base militar donde hacían prácticas diarias con aviones y bombas y nunca sabías lo que te iba a pasar el día de mañana. Yo estaba embarazada y tenía mucho miedo, por eso decidimos salir del país. Pensamos que cualquier sitio sería más seguro para nuestros hijos», cuenta Verónica.

Llegaron a Málaga el 12 de diciembre y escogieron esta ciudad porque aquí vivía una amiga del colegio de Verónica, con la que contactaron a través de las redes sociales. «Ella nos dijo que nos ayudaría, pero pasadas unas semanas dijo que se iba, de un día para otro y que teníamos que marcharnos». Fue entonces cuando acudieron a la Cruz Roja para pedir ayuda y la trabajadora social les encontró esta casa, porque no había ningún otro lugar al que pudieran acudir.

Igor Antonuyk, el intérprete voluntario gracias a cuya labor podemos entendernos con este matrimonio, explica que «Verónica buscó en el diccionario el significado de corazón sagrado y lo que pone en el diccionario coincide exactamente con esta casa, con el cariño y la ayuda que están recibiendo. Son como una familia. Están contentísimos».

Cuando llegaron aquí, ella lloraba mucho, como podría hacerlo cualquier madre que tiene miedo por sus hijos y no sabe dónde está entrando. Miedo tenemos todos y no estamos libres ninguno de vernos en esa situación. Ambos tenían una vida estable, tienen estudios universitarios, ella de canto y él de patrón de barco, aunque decidió montar su propia empresa de materiales de construcción.

Fueron a Valencia a un centro para refugiados, aprendieron el idioma, estudiaron cursos y se formaron… les ha ido bien. Tras seis meses en el centro, han podido encontrar trabajo. Son incansables y duros de roer.

Oleksandr y Verónica no han parado de ir de un lugar a otro, por unas y otras circunstancias, pero el Cottolengo de Málaga siempre será su casa.