Arranca la campaña del Cottolengo de Málaga

La Casa del Sagrado Corazón, conocida popularmente como el Cottolengo de Málaga, que lleva más de 50 años ayudando a los que no tienen nada, ha puesto en marcha una campaña para captar socios que puedan aportar 10 euros al mes para seguir acogiendo a los más necesitados.

Son más de 40 las personas que viven diariamente en el Cottolengo de Málaga, que como explica el director de esta Casa, Patricio Fuentes, «no recibimos ninguna subvención pública. La necesidad de una cuota aunque sea solo de 10 euros al mes, que supondría 120 euros al año, es para saber que contamos con un dinero fijo al mes, con el que poder mantener esta Casa, ya que como cualquier familia tenemos que pagar la luz, el gas, el agua, etc.».

Hay varias maneras de participar o inscribirse, llamando al teléfono 633 75 97 50 o 952 31 74 43 o entrando en la página web: casadelsagradocorazon.es,  descargando el cupón y haciéndolo llegar al Cottolengo de Málaga o solicitando dicho formulario en la propia Casa.

Los primeros carteles con esta campaña, que ha diseñado desinteresadamente el estudio creativo La Madre de los Beatles, ya pueden verse tras los conductores de los autobuses de la Empresa Malagueña de Transportes EMT y «próximamente estarán también en las marquesinas de las paradas de autobús ya que contamos con la colaboración del Ayuntamiento de Málaga».

Además, afirma el director de esta Casa, «decidimos poner una cuota de 10 euros al mes, que como bien dice nuestro cartel es menos de un café al día, para que cualquier persona pueda ser solidaria».

Arranca la campaña del Cottolengo de Málaga

La Casa del Sagrado Corazón, conocida popularmente como el Cottolengo de Málaga, que lleva más de 50 años ayudando a los que no tienen nada, ha puesto en marcha una campaña para captar socios que puedan aportar 10 euros al mes para seguir acogiendo a los más necesitados.

Son más de 40 las personas que viven diariamente en el Cottolengo de Málaga, que como explica el director de esta Casa, Patricio Fuentes, «no recibimos ninguna subvención pública. La necesidad de una cuota aunque sea solo de 10 euros al mes, que supondría 120 euros al año, es para saber que contamos con un dinero fijo al mes, con el que poder mantener esta Casa, ya que como cualquier familia tenemos que pagar la luz, el gas, el agua, etc.».

Hay varias maneras de participar o inscribirse, llamando al teléfono 633 75 97 50 o 952 31 74 43 o entrando en la página web: casadelsagradocorazon.es,  descargando el cupón y haciéndolo llegar al Cottolengo de Málaga o solicitando dicho formulario en la propia Casa.

Los primeros carteles con esta campaña, que ha diseñado desinteresadamente el estudio creativo La Madre de los Beatles, ya pueden verse tras los conductores de los autobuses de la Empresa Malagueña de Transportes EMT y «próximamente estarán también en las marquesinas de las paradas de autobús ya que contamos con la colaboración del Ayuntamiento de Málaga».

Además, afirma el director de esta Casa, «decidimos poner una cuota de 10 euros al mes, que como bien dice nuestro cartel es menos de un café al día, para que cualquier persona pueda ser solidaria».

Su nueva familia

Marco Clarke (64 años) vive desde hace diez meses en la Casa del Sagrado Corazón. Antes, pasó otros cuatro meses en el albergue municipal. También sabe lo que es vivir en la calle, y no es algo agradable. «Pero cuando las cosas te van mal, empieza a alejarse todo el mundo. Los que creías tus amigos, te dejan solo», asegura.
 
Este británico, que durante 40 años ha residido en Torremolinos, donde tenía un restaurante, ha visto cómo su vida se iba acercando poco a poco al abismo. El dolor hace que a Marco no le guste recordar los detalles de una vida en la que pasó de empresario de éxito a perder su negocio. Con él, perdió también a la gente que le rodeaba y, al final, hasta su vivienda. Todo ello agravado por la salud.
 
Hace diez años, sufrió un ictus que le paralizó la mitad del cuerpo. Fue después de recuperarse cuando, al no poder afrontar las facturas, se vio en la calle. A pesar de que no le afectó de forma importante al habla o a sus capacidades físicas, tuvo que pasar al raso gran parte de su recuperación.
 
En el Cottolengo ha encontrado lo que asegura que para él es más que una familia, «porque mi familia de sangre no quiere saber nada de mí», explica. «Mientras que me dejen, me quedaré aquí».
 
Una voz humilde que sabe lo que es perderlo todo, ha encontrado por suerte, una familia en el Cottolengo.

¡Todo por sus hijas!

Doina y su marido estuvieron en su coche tres semanas, junto a sus hijas de 7, 5 y 3 años, además de un bebé de cinco meses. Su miedo a que les quitaran la custodia de las niñas les impedía denunciar la situación.

Fue entonces cuando Cáritas de la parroquia de la Asunción se acercó, se conmovió y se ganó su confianza en la seguridad de que iba a intentar lo mejor para la familia. Cáritas consiguió que viniesen a la Casa del Sagrado Corazón malagueña.

Doina, a la que todo el mundo llama Mónica, tiene 25 años, es de Rumanía y lleva nueve viviendo en España. «Vine por primera vez con 16 años, junto a mi padre, para buscar una vida mejor y aquí conocí a mi marido. Nos dedicábamos al campo, la aceituna y ese tipo de trabajos de temporada. Pero cuando nacieron las niñas, este modo de vida no era posible. Así que busqué trabajo por horas limpiando casas y mi marido se dedicaba a la chatarra. Vivíamos en un estudio en Torremolinos, pero cuando se cumplió el contrato, el dueño nos dijo que no nos renovaba, y nosotros sólo teníamos dinero para el alquiler».
«Nunca nos habíamos visto en esta situación. Cuando nos quedamos sin casa, decidimos vender la pequeña furgoneta para poder pagar al menos una habitación para las niñas, pero era muy poco dinero y entonces nos vimos sin nada, sin casa y sin medio de trabajo. Cuando las niñas preguntaban les decía la verdad, que esto era una situación pasajera y que necesitábamos ayuda, por eso acudí a Cáritas. Nunca me planteé volver a mi país porque allí la cosa está mucho peor que aquí».

Ellos se mantuvieron en el centro el tiempo preciso. Encontraron un alquiler y se fueron. Los niños son muy bien tratados, se ganan la vida con la chatarra y cuando han necesitado algo han venido por la Casa.

Y sin mirar atrás, Doina y su marido siguen y seguirán al pié del cañón.

Huyendo de la guerra

Oleksandr, de 37 años, y Verónica, de 28, vivían en el sur de Ucrania, cerca de la Península de Crimea, junto a sus dos hijos: una niña de 6 años y un niño de año y medio.

«La situación es muy inestable en nuestro país. Desde que estamos en guerra con Rusia te pueden llamar a filas en cualquier momento. Teníamos miedo. Son muchos los jóvenes que vuelven mutilados o que no vuelven. No vemos qué sentido tiene luchar contra nuestros hermanos. Son cosas de los políticos, pero la gente del pueblo no entiende por qué mueren tantos jóvenes. Cerca de nuestra casa había una base militar donde hacían prácticas diarias con aviones y bombas y nunca sabías lo que te iba a pasar el día de mañana. Yo estaba embarazada y tenía mucho miedo, por eso decidimos salir del país. Pensamos que cualquier sitio sería más seguro para nuestros hijos», cuenta Verónica.

Llegaron a Málaga el 12 de diciembre y escogieron esta ciudad porque aquí vivía una amiga del colegio de Verónica, con la que contactaron a través de las redes sociales. «Ella nos dijo que nos ayudaría, pero pasadas unas semanas dijo que se iba, de un día para otro y que teníamos que marcharnos». Fue entonces cuando acudieron a la Cruz Roja para pedir ayuda y la trabajadora social les encontró esta casa, porque no había ningún otro lugar al que pudieran acudir.

Igor Antonuyk, el intérprete voluntario gracias a cuya labor podemos entendernos con este matrimonio, explica que «Verónica buscó en el diccionario el significado de corazón sagrado y lo que pone en el diccionario coincide exactamente con esta casa, con el cariño y la ayuda que están recibiendo. Son como una familia. Están contentísimos».

Cuando llegaron aquí, ella lloraba mucho, como podría hacerlo cualquier madre que tiene miedo por sus hijos y no sabe dónde está entrando. Miedo tenemos todos y no estamos libres ninguno de vernos en esa situación. Ambos tenían una vida estable, tienen estudios universitarios, ella de canto y él de patrón de barco, aunque decidió montar su propia empresa de materiales de construcción.

Fueron a Valencia a un centro para refugiados, aprendieron el idioma, estudiaron cursos y se formaron… les ha ido bien. Tras seis meses en el centro, han podido encontrar trabajo. Son incansables y duros de roer.

Oleksandr y Verónica no han parado de ir de un lugar a otro, por unas y otras circunstancias, pero el Cottolengo de Málaga siempre será su casa.

Nunca te rindas

Henri Pugibet (52 años), de padre francés y de madre norteamericana es, posiblemente, de las personas con más títulos del Cottolengo de Málaga. Cuenta con un doctorado en Comercio Exterior, un máster de Marketing y dos licenciaturas en Filología Hispánica y Empresariales y habla ocho idiomas.

Llegó por primera vez a España desde EE.UU. para estudiar en la Universidad de Granada. Y se quedó por amor y, aunque después –ya divorciado– se fue a trabajar a Arabia Saudí, siempre ha vuelto, ya que su hijo vive en España.

En su caso, lo que le llevó al Cottolengo fue la salud. Estaba asentado en Arabia Saudí, donde trabajaba desde hacía 15 años para una importante familia como responsable de una cadena de distribución muy famosa allí. Entonces, cayó enfermo. A pesar de que visitó los mejores hospitales en busca de un diagnóstico, no mejoraba. Señala que entonces pensó en viajar a España. «Aquí hay médicos muy buenos y yo estaba asegurado en el país debido a que durante algunos años de mi estancia aquí trabajé en una entidad bancaria», señala Henri.

Aterrizó en Málaga en 2013 y llegó al Hospital Carlos Haya «medio muerto». De hecho, recuerda que apenas era consciente de lo que le pasaba. Estuvo ingresado en la UCI 21 días. Después, se enteró de que los médicos daban por hecho que había llegado en patera. Deliraba, mezclaba todos los idiomas. En algún papel encontraron como persona de contacto a su exmujer, que reside en Granada. Fue ella quien explicó a los médicos quién era. Una médica residente dio con el diagnóstico de Henri, tuberculosis ósea. Le operaron de urgencia. Después, para colmo, padeció una meningitis. «Enfermo, solo y sin más recursos, mi única opción fue el Cottolengo», dice. Ya lleva cuatro años y está intentando encontrar un empleo para poder salir de la casa.

Ha mejorado muchísimo, alcanzando un cierto grado de autonomía. Su familia le ha proporcionado dinero para ir a Boston a ver a su madre. Imaginamos que se quedará allí, ya que tendrá opción de acceder a un puesto de trabajo.

Henri Pugibert es un ejemplo de persistencia y coraje. Un ejemplo de superación y motivación.

Trabajando en equipo

Hoy, las más mayores han tenido una mañana laboriosa. Nos ha llegado un buen montón de calcetines que había que doblar, y aquí las vemos, encantadas de echar una mano.

Esta actividad les ayuda a seguir trabajando su capacidad de atención y coordinación de equipo, además de mantener habilidades y capacidades psicomotrices.

¡Esta montaña de calcetines llegada del Corte Inglés no tiene nada que hacer contra nuestras chicas!

Combatiendo el cáncer

Elena tiene 69 años y su hogar en estos momentos es la Casa del Sagrado Corazón de Málaga. Es ucraniana y llevaba 8 años viviendo en España cuando le detectaron un cáncer.

«Me vine a España para trabajar y así ayudar a mi familia que es muy pobre. Empecé a trabajar como interna en una casa, ayudando con las labores domésticas y cuidando a los mayores de la casa. Cuando me descubrieron un tumor de mama y ya no podía realizar mis labores como interna, no tenía ningún lugar en el que vivir mientras me realizaban el tratamiento, así que me vine al Cottolengo, donde me han acogido estupendamente y llevo ya 10 meses».

En su país de origen tiene un hijo y una hija, 5 nietos y una bisnieta. Ella es la única de su familia que reside en España y todo el dinero que ganaba lo enviaba a sus familiares «porque allí todo es muy caro, desde la comida, la ropa, todas las facturas y las necesidades básicas, en comparación con los sueldos».

Su caso no es el único, pues hemos tenido ya cuatro casos de señoras que trabajaban como internas en casas y se vinieron aquí cuando de repente les descubrieron un cáncer. Mientras han vivido en esta Casa, han recibido el tratamiento de quimioterapia o se han recuperado tras la intervención y una vez recuperadas han vuelto a trabajar. Es muy importante tener un lugar en el que vivir mientras no pueden trabajar, un lugar donde dormir, comer y sobre todo donde alguien te cuide cuando estás enfermo. Todas ellas son mujeres muy trabajadoras, colaboradoras y agradecidas de poder estar aquí, conscientes de su realidad.

Actualmente, Elena sigue con nosotros. Ha sido operada con éxito de su tumor de mama, ganándole así la batalla al cáncer.